19 nov. 2009

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER ADOLESCENTE



Gutten Aben desde la Siemens en Alemania.... entonaban The Movidas en aquel F.E.A. de 2003. Directo que se encuentra en la web del fest para descargar y que por cierto no puede faltarte si quieres que tu conocimiento musical algún día sea digno. Bueno...¿Que hay de nuevo viejos? Yo sumido en la vorágine estudiantil y el bi-empleo. Últimamente no dedico todo el tiempo que quisiera a este blog, entre otras cosas....

Y como todo blog que se precie necesita cierta periodicidad, esta vez posteo algo que ya tenía hecho (por obligación). Se trata de un escrito sobre Paranoid Park, un film de Gus Vant Sant, el director de Milk, Elephant o Last Days. Si habéis visto la peli, nada. Pero para los que no, advierto que el contenido del comentario puede joderos la cinta y no estoy como para demandas de daños morales y psicológicos. De paso os dejo la película en un solo link para los que no la hayan visto. Pincha aquí.


L’enfant terrible del cine indie, Gus Van Sant, filma un discurso sobre la vida, la muerte y la culpabilidad en la piel de Alex, un joven skater nihilista. Una incursión en el mundo adolescente y su complejidad en uno de los films más personales y subjetivos del director de Elephant.

Acostumbrado ya a temáticas juveniles y pasillos de instituto, Gus Van Sant ahonda de nuevo en la mente adolescente. Paranoid Park narra la historia de Alex (o mejor dicho él se la cuenta al espectador) un skater de 16 años sin grandes emociones en su vida hasta que asesina accidentalmente a un guardia de seguridad cerca de una pista de skate. Alex decide no contárselo a nadie e intenta seguir adelante con la culpa en su interior. El peso de ésta le lleva a escribir una confesión cuando no sabe estructurar un discurso, necesario para encontrar la paz. Además, advierte que “será desordenado, ya que no es muy dado a escribir”, un dato muy revelador para entender la estructura espacio-temporal de la historia.

De esta desestructuración surge Paranoid Park, levitando en la mente del joven en forma de puzzle. Donde se nos muestra la lucha y el debate que se produce en su interior.El espectador es el único testigo de la verdadera realidad. El empleo de imágenes a ralentí hace que se entre en un estado de inconsciencia, de hipnosis total donde le da él mismo sentido a cada imagen. Vant Sant emplea distintas texturas digitales para dar nitidez o desenfocar la realidad vista por Alex. Registrando escenas dignas del mejor videoarte. Hay que mencionar el trato de la fotografía, obra de Cristopher Doyle quién convierte cada plano en una hermosa mirada.

La música juega un papel importante, meramente subjetiva, nos describe las emociones que vive Alex en cada momento: suena hard-core para describir la ira que siente Alex hacía Jared, su mejor amigo cuando éste le cuestiona; Beethoven (quién ya sonó en Elephant) para reflejar la tensión interior que vive Alex o la felicidad y alivio que transpira la pieza que suena cuando éste decide dejar a su novia. Pero también los silencios son protagonistas, detalle que sabe contemplar Van Sant.

El original uso tanto del sonido como de las imágenes convierten cada plano en una mirada en clave subjetiva. Esa ralentización combinada con música y sonidos ambientales nos introducen dentro del protagonista y su realidad. Gus Van Sant se centra en el cómo más que en el qué, olvidando conceptos como coherencia o complacencia al jugar con la cámara. Una cámara que se queda con quién escucha en slow motion para centrarse en sus reacciones, algo que me interesó bastante. El director ahonda en un tema conocido por él y tratado en muchos de sus films: la adolescencia y su problemática. Pero no de una adolescencia cualquiera, sino de la actual. Falta de emociones y sobrada en apatía, presente en la mirada de Alex. Una generación desinteresada, ajena al mundo que le rodea. Una generación nihilista, post-punk y sin compromisos (Alex es ajeno a la propia guerra de Irak) que patina cuesta abajo con su monopatín por falta de valores, apoyo familiar y recursos morales. Una juventud autista.

Se añade a la culpa que turba a Alex, el no tener a nadie a su lado, por mucho que se le quiera llamar familia o novia. Una madre ausente tan poco relevante que ni aparece en primer plano, reflejando así la distancia con Alex, incapaz de juzgar las mentiras que su hijo ni se preocupa en elaborar. Su novia, una cheerleader que daría vergüenza a cualquier punk, con quién hace el amor por primera vez (hecho supuestamente vital para un adolescente y que Alex vive sin mostrar ningún tipo de sentimiento) y a la que después deja. Pero creo que el personaje más revelador de la historia y clarificador es la figura paterna, ese punk cuarentón con estética californiana que reniega de todo, quién se nos muestra primero desenfocado y al hacerlo más nítido podemos entender más si cabe la circunstancia. Alex es la semilla de ese punk que fue un día su padre, sin referentes ni ideales. Dos generaciones que viven sus vidas ajenos al sistema y al compromiso. El último plano es cuanto menos desalentador, ese cielo oscuro que acaba en fundido negro y parece representar la consciencia de la generación de la que habla Van Sant en esta cinta.

Mucha gente piensa que adolescente es un estado: un ser y un estar. Sin pararse a pensar que el adolescente es el adulto en su pasado. Y esta definición es la que encaja Gus Van Sant en reconstrucciones como Elephant o Paranoid Park. Van Sant se vendió a la industria en sus primeros filmes (El Indomable Will Huntin, Buscando a Forrester…) para después ganarse el calificativo de autor, de cineasta vanguardista e independiente con visiones muy personales en forma de película. Le da mucha importancia a la estética y trato de la imagen.

En definitiva, el cine de Van Sant no cae en intelectualismos absurdos que fuerzan al espectador a hacerse preguntas estúpidas para poder entender las intenciones del director. Lo que hace tan interesante su cine es que crea cierto grado de inconsciencia: donde las cosas suceden de la forma más natural. Un estado que Van Sant persigue en sus obras más personales. Donde cada imagen se abre a múltiples sentidos poéticos.